El debate político – filosófico reciente en torno a la idea del fin de la historia, si no el origen, sí el detonador de la polémica, fue un artículo: “El fin de la historia”

Definitivamente Fukuyama es más un producto publicitario que un pensador de gran altura. No es posible ni remotamente hacer una comparación seria con autores que se han ocupado previamente del tema del fin de la historia como Lyotard o como Vattimo. Es más, su punto de vista, en sentido estricto, contrapuesto con ellos. No se trata de hacer un análisis comparativo, pero alguna mención en contrapunto puede ser ilustrativa. Francis Fukuyama comienza su respuesta a las críticas que se le hicieron desde diversos medios y países, sorprendiéndose de la gran cantidad de tinta derramada a propósito de su artículo “¿El fin de la historia?”, sin percatarse que más agua pasa por debajo de los puentes con gran indiferencia. Fukuyama exagera aún más, dice que ninguna de esas críticas produjo objeciones decisivas y que, además, las que pudieron haberse hecho no se plantearon.

La presunción de Fukuyama por identificarse con el lenguaje hegeliano es sin duda apresurada. Fukuyama inventa un Hegel postmetafísico y de hecho marxista. Un Hegel de sujetos sociales cuya dialéctica es un lado ideológica y de otro material. Para Fukuyama, aparentemente, no hay un Hegel metafísico. La idea de la Idea hegeliana y de espíritu absoluto carecen de sentido para él. Para Fukuyama, Hegel es más bien el elaborador de una teoría postmoderna o posthistórica. Sin embargo, el propio Fukuyama no se da cuanta o no quiere advertir que su comprensión del horizonte histórico del (neo) liberalismo no es histórica (o historicista) como presume sino más bien metafísica. Dice que al fin de la historia no significa el fin de los acontecimientos en el mundo, sino más bien el fin de la evolución del pensamiento humano sobre los “principios primordiales” que incluyen aquellos que gobiernan la organización social y política del mundo, los cuales a pesar de quererlos como un producto de la consciencia humana que se piensa en sí misma, por trascendencia, se despega del hombre y se les imponen por encima de su propia cabeza (aparece así otro determinismo, pariente incluso, como veremos del marxismo más vulgar).

Fukuyama tratará de elaborar lo que ha significado el paso de la muerte entre los conceptos de estructura y coyuntura. Supone por tanto leyes históricas ineluctables que gobiernan al mundo y que los conducen a la “realización” del fin de la historia, o del triunfo definitivo del capitalismo de manera global. Este paso de la muerte es la distinción necesaria (pero, finalmente irrelevante) entre lo esencial y lo contingente de los asuntos humanos.

Para Fukuyama y su Hegel Particular, el motor de la historia es la idea (así, con minúsculas), es la consciencia humana autoreflexiva que llega finalmente a la autoconsciencia…No hay en Fukuyama una comprensión consciente de la Idea de Hegel con mayúsculas. Fukuyama dice bien, “la idea no sólo se expresa en los pensadores sino que cobra cuerpo en instituciones políticas y sociales concretas…”, ésta podría ser una clásica expresión hegeliana, pero avalada más bien por Marx y no por Hegel. Extraña paradoja las coincidencias inconscientes de Fukuyama con su rival ideológico. En Marx no es la Idea la que forja instituciones, sino la idea implicada, por supuesto, de intereses materiales.

No es posible, con esta simplificación de Hegel, considerar seriamente el problema de las fuerzas históricas opuestas al liberalismo económico como meros accidentes de la historia en el decurso del capitalismo (neo) liberal hacia el fin de la historia. Es verdad que tanto el comunismo como el capitalismo se sostiene en sendos “consensos (cuando se producen) ideológicos, pero no es sólo la idea lo que resuelve su potencia normativa sino, y de manera importante, sus intereses y sus respectivos aciertos y errores prácticos, los cuales no dependen (por fortuna) de un destino manifiesto.

Así, después de que Fukuyama casi nos convence de que su definición de historia está referida hegelianamente a la historia de las ideas y de los valores, trata de establecer como pruebas contundentes una serie de sucesos históricos, al mismo tiempo que los relativiza, por la dimensión contingente de los mismos, esto no significa sino que todo suceso que no se orienta hacia la realización de la imposición capitalista es un accidente temporal. Al final, todo depende, una vez más, de una razón histórica…¡he independiente de la historia! Todo suceso que no progune la realización de la revolución liberal democrática deberá, para tener éxito, demostrar que le subyace una idea superior a la del liberalismo y, como según Fukumaya, esto ya no es posible, la finalidad(que no el fin) de la historia es el propio capitalismo. Bajo esta lógica es posible decir la Idea, es decir Dios, es capitalista.

Curiosa confusión de Fukumaya querer presentar a Hegel como fundador de la Filosofía de la Historia a la manera de como lo concibieron precisamente Engels y Stalin, es decir, como una teleología, ineluctable, unívoca y universal, donde la historia no se dirige como un tren que se detiene en la estación hermosa, enorme y permanente del capitalismo. Fukuyama sería así, el fundador de una especie de “materialismo dialéctico” de derecha que, al igual que el de izquierda, encubre una posición realmente metafísica y finalmente oscurantista.

Decíamos que no se trata de textos sofisticados como los de Lyotard, erefridos al nuevo status del conocimiento y de la producción de saber, o de Vattimo donde lo fundamental gira ( literalmente) alrededor del fracaso de la idea del progreso, y en ambas posiciones establecen una radical ruptura con toda idea teleológica de la historia. Los Fukuyama son más bien textos de un aprendiz de Hegel que quisiera descubrir de manera confusa lo que Marx ya puso hace 150 años. Pareciera que Fukuyama no se da cuenta de la dimensión que en su discurso adquiere un concepto ideológico que no es sino precisamente eso, pura ideología. Otra cosa es que nos quieran vender una “teoría” metafísica, revestida, según él, de pura realidad. Una filosofía de la Historia sin espíritu (absoluto) no es sino gato por liebre.

El hombre como producto histórico hace y rehace no sólo un mundo, su saber sobre éste y sobre sí mismos, sino también sus ideologías y sus utopías. Vive en la modernidad y más allá de ella, con angustia, un conflicto que no puede resolver, tiene el corazón partido entre su ser individual y su ser social. Por épocas una parte del corazón se impone sobre la otra y se vuelve insensible a ésta al grado de querer mostrarla como enemigo. Es su otredad. Hoy estamos viviendo una reescritura de la historia por una parte (derecha) del corazón del hombre, pero nada, desde la muerte de Dios y desde la muerte de Hegel y sus teologías, es definitivo, ni para bien ni para mal. Todo puede suceder.

Por lo pronto, esperemos que las formas de vida asociativas, tradicionales y postradicionales, que continúen realizándose e inclusive revitalizándose a nivel de vida local y comunitaria hasta en los propios Estados Unidos, no provoquen con el “triunfo total” del neoliberalismo una respuesta neurótica o esquizofrénica que mire en ellas un renacimiento del comunismo, ese enemigo interior que tanto quitó el sueño a McCarthy.

El neoliberalismo es una potente ideológica que puede llevar al capitalismo a destruir sus propios paracaídas regulacioncitas, a nombre de una nueva ortodoxia que, envanecida por su “triunfo total”, crea haber vencido definitivamente los ciclos económicos y las crisis. Fukuyama, como la élite conservadora de su nación, parece carecer de memoria, aunque quisiera ser historicista.

luis e gomez sociologo mexico unam

Dr. Luis E. Gómez
Sociólogo mexicano especialista en temas de teoría social contemporánea.

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